PROMESASDEMUJERES

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martes, 9 de abril de 2019

LA METAMÚSICA




Como hiciera varias semanas que no lo veía, al encontrarlo le pregunté:
-¿Estás enfermo?
-No; mejor que nunca y alegre como unas pascuas. ¡Si supie¬ras lo que me ha tenido absorto durante estos dos meses de encie¬rro!
Pues hacía efectivamente dos meses que se lo extrañaba en su círculo literario, en los cafés familiares y hasta en el paraíso de la ópera, su predilección.
El pobre Juan tenía una debilidad: la música. En sus buenos tiempos, cuando el padre opulento y respetado compraba palco, Juan podía entregarse a su pasión favorita con toda comodidad. Después acaeció el derrumbe; títulos bajos, hipotecas, remates... El viejo murió de disgusto y Juan se encontró solo en esa singular autonomía de la orfandad, que toca por un extremo al tugurio y por el otro a la fonda de dos platos, sin vino.
Por no ser huésped de cárcel, se hizo empleado que cuesta más y produce menos; pero hay seres timoratos en medio de su fuerza, que temen a la vida lo bastante para respetarla, acabando por acostarse con sus legítimas después de haber pensado veinte aventuras.

Leer -
La existencia de Juan volvióse entonces acabadamente monó¬tona. Su oficina, sus libros y su banqueta del paraíso fueron para él la obligación y el regalo. Estudió mucho, convirtiéndose en un teorizador formidable. Analogías de condición y de opiniones nos acercaron, nos amistaron y concluyeron por unirnos en sincera afección. Lo único que nos separaba era la música, pues jamás en¬tendí una palabra de sus disertaciones, o mejor dicho nunca pude conmoverme con ellas, pareciéndome falso en la práctica lo que por raciocinio encontraba evidente; y como en arte la comprensión está íntimamente ligada a la emoción sentida, al no sentir yo nada con la música, claro está que no la entendía.
Esto desesperaba a mi amigo, cuya elocuencia crecía en pro¬porción a mi incapacidad para gozar con lo que, siendo para él emoción superior, sólo me resultaba confusa algarabía.
Conservaba de su pasado bienestar un piano, magnífico ins¬trumento cuyos acordes solían comentar sus ideas cuando mi re¬belde emoción fracasaba en la prueba.
-Concedo que la palabra no alcance a expresarlo -decía-, pero escucha; abre bien las puertas de tu espíritu; es imposible que de¬jes de entender.
Y sus dedos recorrían el teclado en una especie de mística exal¬tación.
Así discutíamos los sábados por la noche, alternando las diser¬taciones líricas con temas científicos en los que Juan era muy fuer¬te, y recitando versos. Las tres de la mañana siguiente eran la hora habitual de despedirnos. Júzguese si nuestra conversación sería prolongada después de ocho semanas de separación.

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